viernes, 10 de enero de 2014

Metanoia





El día que encontré la llave maestra, no pude enseñarla a los demás; no la veían, no la encontraban en mis manos temblorosas. El momento en el que entendí la diferencia entre la luz y la sombra no pude encontrar a alguien que comprendiera lo que era en realidad. El día que encontré la felicidad supe que no podría escribir sobre ella. Ya no le encontré un nombre, una palabra, un sonido acorde a lo que eso era.
Pero ahí estaba, y desde ese momento no pude volver atrás. Fue un regalo inmenso, el regreso al comienzo... encontré la verdad. Cómo me gustaría poder escribir las instrucciones para encontrarla, para sentirla y entenderla. Pero no puedo porque no cabe en palabras, no cabe en versos, no cabe en melodías ni en explicaciones racionales. No cabe en libros de texto ni en himnos o en ideales.
 Si hubiera sabido que se encontraba tan cerca de mí, no hubiera esperado dieciocho años para hacerla mía... para hacerme suya. Me ha llevado y yo no vuelvo nunca más. 

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