miércoles, 19 de marzo de 2014

Parece que vivo en el cuento de Peter Pan porque no quiero ser adulta nunca. Porque ser adulta, me he dado cuenta, significa recibir miles de comentarios negativos sobre las cosas que piensas, significa competir contra todos y pasar sobre de quien sea necesario, significa acatar reglas injustas, significa escuchar sin poder hablar, significa abandonar tus metas, significa condicionamiento de mi forma de vida. 
Sé que parece que exagero y, en mi caso, tal vez lo haga porque a diferencia de millones de personas yo estoy escribiendo esto en mi propia computadora portatil, sobre mi escritorio, en mi cuarto, en mi casa. Y muchos de esos otros millones ni siquiera un plato de comida tienen. Pero no necesito sufrir directamente la pobreza extrema, el analfabetismo, la esclavitud, el secuestro, la denigración de mi ser, para ponerme en el lugar de todos aquellos que lo han sufrido.
En verdad, ojalá pudiera ser niña para siempre y quedarme anhelando tantas cosas, inconciente de la condición humana. Pero llega un punto en el que me es imposible seguir haciendo la vista gorda a la situación en la que vivimos. Sí, mi país, México, está pasando desde hace años por cosas terribles. Mucha gente muere cada día, la injusticia prolifera. Se siente mal, se siente impotencia, se siente asco. Me he desilucionado muchas veces al darme cuenta de cómo son las cosas. Duele. Pero no sólo hablo de este dolor que me causa ver como se encuentran las cosas en mi país. También siento esto por el resto del mundo. En este momento, no importa a donde volteo, veo cosas terribles. En la "paz" no encuentro más que guerra en reposo. Y me digo a mí misma que es una etapa, que es porque he estado escuchando las noticias y eso me pone mal o porque vi una película de narcotráfico. Pero sé que lo hago para encontrar consuelo. No, no dejaré que todo esto me llene la cabeza de tierra y me deje abatida e impotente. Aunque me duela, aunque me siga topando con estas cosas por el resto de mi vida, muy a mi manera lucharé contra lo que tanto desprecio; el ego humano. Ese aspecto tan sucio y ruín que nos come las entrañas y nos vuelve monstruos. Día a día, espero encontrar las fuerzas para vencer el miedo que me acecha, miedo a hacer lo que amo aunque a alguien no le parezca. O miedo a hacer cosas como estudiar periodismo, como apostarle al arte, como educarme, como pensar diferente, como no ser tolerante, como dudar, como no cooperar, o dar mi opinión, o contar otra versión de los hechos. No voy a tomar un arma y matar a la gente que me parezca que no hace lo correcto, pues me volvería la causa de mi lucha. Pero sí voy a matar cualquier indicio que haya en mí de convertirme en aquello a lo que le temo, a lo que odio. Lo más revolucionario que puedo hacer en estos momentos es mantenerme fiel a mí misma, respetar a todos y a todo, mantener la esperanza y creer en los cambios. Y eso hago. Qué difícil lucha la que se lleva dentro con uno mismo, pero qué grandes resultados. 
Todo esto tenía planeado escribirlo en mi diario personal, pero pensé en publicarlo aunque me arrepintiera depsués porque tal vez por ahí hay alguien que necesita leerlo. Yo necesito leer cosas así y sentir que la gente no es indiferente a la realidad. Eso es todo.