miércoles, 22 de octubre de 2014

Crónica de una estudiante foránea

Los miércoles sólo tengo una clase de nueve a once de la mañana, así que decidí ir a buscar una nueva casa donde vivir. Aquí en Guadalajara hay muchos estudiantes foráneos, y muchos de ellos son de Sinaloa. Una de las cosas que he aprendido es que es muy diferente salir de fiesta con un sinaloense que vivir con uno. O en mi caso, con dos. Pero bueno... el punto es que con tanta demanda, existen muchas ofertas para vivir en casas de asistencia, departamentos, casas, cuartos etc. Y como no me gusta mucho vivir tan lejos, decidí buscar un nuevo lugar para el siguiente semestre.

A las once de la mañana ya estaba en mi casa, que está justo detrás de la universidad donde estudio. Llamé por teléfono a una señora que en un anuncio publicitario decía  que era la "maestra Judy" y que rentaba un cuarto "precioso". Le dije que quería ir a ver la casa, que si era buen momento. Muy emocionada me dijo que sí y me explicó cómo llegar. Las indicaciones para desplazarme en esta ciudad son uno de mis peores enemigos. Soy distraída para eso, no retengo números de rutas de camiones, ni si me dijeron que me tenía que bajar al principio o al final de alguna calle, no recuerdo muy bien como llehar a un lugar aunque ya lo haya visitado una  o dos veces. Pero dado a que estoy sola en la enorme ciudad de Guadalajara, más vale que deje eso atrás y me vuelva ubicada. 

Después de tomar el transporte escolar, bajarme afuera de un Home Deppot, cruzar un puente peatonal, caminar una cuadra para llegar a la parada y preguntarle a dos personas diferentes dónde se encontraba mi destino, pude por fin llegar al fraccionamiento que buscaba. Para mi sorpresa, aunque se encuentra en una avenida importante y muy larga, el pequeño fraccionamiento con nombre de santo, era lo único decente en la zona. Del otro lado de la avenida había una fábrica y con tres o cuatro kilómetros de distancia un súper, una zona gastronómica y un starbucks. 

Le dije al policía de la caseta que ya me esperaba la maestra Judy, acto seguido marcó un teléfono y después de unos minutos apareció por una esquina una camionetita gris que manejaba una señora que seguramente ya había pasado el cincuentenio. Muy amablemente me sonrío y me subí a su carro. Me llevó casi al final del fraccionamiento, el cual es verdaderamente pequeño, apenas una cuadra más canchas de voley y alberca. Nos estacionamos frente a una casa muy linda llena de enredaderas.

Me gustó mucho la primera impresión de su casa. Al cruzar la puerta principal, me encontré con un montón de cuadros de todos tamaños y formas con pinturas de arlequines, sirenas y paisajes. Eran tantos que unos reposaban en el suelo sobre otros. Cuadros y cuadros apilados a lo largo y ancho de la planta baja de aquella casa. Afuera también había rastros de la profesión de un pintor, habían seis caballetes con pequeñas sillas de colores y muchos pinceles y óleos y acuarelas por todos lados.
"Yo soy artista y mi esposo es médico. Nunca salimos de la casa, aquí trabajamos los dos. Él tiene su consultorio allá adelante." Ahora sabía quién era el artista de la casa.

La señora me llevó al segundo piso y me mostró un cuarto muy amplio y bonito en el que dormía su hija antes de casarse. Era una habitación tan amplia que cabían una cama matrimonial, una mesa grande, un librero, una tele y un clóset de buen tamaño. El baño parecía de hotel de primera clase. En fin... todo me pareció muy bien. Después de pedirle información sobre costo de renta, contratos, reglas, y todos los pormenores, me despedí de ella y salí del fraccionamiento a pie.

No tenía idea de que para tomar el camión de regreso a la escuela, tendría que caminar el equivalente a tres kilómetros para encontrar un puente peatonal que me permitiera cruzar la monstruosa avenida. Por suerte no tuve que esperar mucho a que el camión llegara, mismo que me dejó en la puerta principal de la universidad. Ya que aun era temprano y yo no tenía nada que hacer, decidí que podía ir a otra zona, "Las fuentes" a buscar otra casa de la que ya tenía algo de información. Así que de nuevo tomé el transporte de la escuela y me bajé afuera de Home Deppot.

Entré a una plaza frente al Home Deppot, "Plaza Las Fuentes". Tenía mucha sed y quería comprar algo de tomar. Saliendo de la plaza, decidí preguntarle a una señora que acababa de salir del súper, dónde se encontraba la calle que buscaba. Le enseñé una foto que había tomado con mi celular de la dirección y le expliqué que era una casa a la que iba a pedir información por ser estudiante foránea. Ella me dijo que vivía cerca de ahí e iba para allá así que si quería podía llevarme a ese lugar. Yo no soy nada confiada y normalmente no acepto esas propuestas, pero esa señora se veía bien. Me dijo que su hija estudiaba en la misma universidad que yo. Así que acepté. Tomé una caja de leche que tenía en las manos y donde llevaba el mandado y me ofrecí a llevarla hasta su carro. Era lo menos que podía hacer.

Ahí estaba yo, en una camioneta con una señora desconocida que me dijo que me iba a llevar a mi destino. ¿Saben qué pasó? Que me llevó hasta la casa a la que quería llegar. Tuvimos que buscarla unos diez minutos porque la numeración de las calles era fatal. Pero al fin llegamos y después de agradecerle mucho, bajé del carro y entré a la casa.

El punto de esta segunda casa, es que también era muy bonita y en ella vivían cinco estudiantes. Llevo una clase con una de ellas y me dio gusto verla y saludarla ahí. Pero el cuarto que me ofrecieron era de masiado pequeño y aislado para lo que cobraban. Así que la primera casa hermosa en la que viven un médico y una artista dejaba de ser opción por la lejanía del transporte público. Y esta casa era demasiado cara para lo que ofrecía. 

Regresé abatida y desilusionada a mi casa (atrás de la universidad) y me comí unas corundas con carne de puerco mientras aguantaba las lágrimas. Me habían estado pasando tantas cosas en las última semanas. Papeleo interminable para custiones de la beca, la búsqueda de una nueva casa, el enfado de las fiestas de los alumnos que viven en las casas de mi coto o de cotos de al lado, la duda interminable de si la carrera en la que estoy es la correcta, la incertidumbre del futuro, el extrañar mi casa, a mi novio, a mis papás a Morelia en general. El deseo de estar en la semana del festival de cine allá en casa. Los miedos que salen como producto de otros miedos y del pesimismo... estaba harta.

Prendí la computadora y me metí a facebook. En el grupo que tenemos mis compañeros de la carrera y yo, estamos contantemente compartiéndonos noticias. Leí más sobre el caso de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa. Alguien en mi timeline compartió un video sobre los problemas del primer mundo comparados con los del tercer mundo.  Recordé que hoy, todos los lugares por los que había caminado, estaban llenos de personas que desarrollaban trabajos forzados, cansados, inhumanos y que pagaban muy poco... apenas para sobrevivir. Cuando salí de la escuela y me bajé en Home Deppot, vi unos "viene viene" sentados en una jardinera mientras tomaban coca cola y fumaban cigarros. Cuando me salí del fraccionamiento de aquella linda casa, pasé por ferreterías y mecánicos en mal estado donde habían hombres con bigote tupido, la ropa manchada de grasa y la expresión de fatiga. Cuando entré a la plaza vi a varias chavitas de mi edad o más chicas poniendo los productos de la gente en bolsas. Aun antes de llegar a mi casa vi, como todos los días, a los albañiles que están pavimentando mi calle y que a veces van a tomarse una cerveza al bar que queda por aquí.

¿Dónde están mis problemas ahora? No los hay. Tengo el dinero suficiente para pagar una universidad muy buena, para pagar la renta de un cuarto amueblado y amplio con baño propio. Siempre que abra la llave, saldrá agua limpia y caliente. El refrigerador siempre está lleno. Todos los días hay comida caliente en mi plato. Si hace frío tengo la posibilidad de escoger entre varias chamarras para abrigarme. Si hace calor puede elegir entre varios vestidos y blusas ligeras. Si tengo ganas, me puedo comprar un café en la escuela o un postre o por qué no, hasta comer ahí aunuqe tenga comida en casa. Si quiero, el fin de semana puedo salir a un bar y regresar en taxi. Todos los fines de semana que he querido ir a Morelia, he ido a pesar de que eso representa un gasto. Allá me esperan mi familia y mis amigos que me aman y siempre están cuando los necesito.

Tengo todo lo que necesito y más. Pero a veces no lo recuerdo, a veces soy demasiado exigente y olvido lo que es el verdadero sufrimiento. Mis problemas no son problemas comparados con los de mucha gente. Mucha como la que sale en las noticias y como toda de la que no sabemos. Esta nueva etapa de mi vida implica nuevos retos. Eso es normal, es parte de la experiencia. Debo de aprender a ver por mí misma y no ahogarme en un vaso de agua. Al contrario, quiero ayudar como pueda a que los problemas de los demás, los problemas de verdad, sean solucionados, por eso estudio periodismo. Por eso vine aquí para estudiar en la universidad que yo quise. Sólo debo recordarlo antes de explotar.

1 comentario:

  1. Muy interesante tu crónica sobre la ciudad, me recordó a la clase de trabajos que nos dejaba mi maestro de ensayo, Antonio Saborit. Por otra parte es una buena reflexión lo que cuentas, esos pequeños toques de realidad que a veces tanto nos hacen falta. Mencionabas el festival de cine, supongo que por tus contactos en Morelia tendrás muchas noticias... pude ver tu corto en una plataforma especial que nos dieron en prensa, tu actuación es muy buena, honestamente me sorprendió, por otra parte debo decir que la fotografía del corto es hermosa, aunque no conecté del todo me pareció en general un trabajo interesante. Ya hoy cerramos buena parte del trabajo y aun quedan muchas películas interesantes para ver, como dice Jean-Christophe Berjon, buenas noches y buen cine... Saludos!

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