viernes, 31 de enero de 2014

Sobre caminatas y caminantes

Heme aquí... caminando sin parar, a veces alentando el paso a propósito, a veces sin darme cuenta de que corro. Y es justamente este caminar el que me lleva a nuevos terrenos inexplorados, a nuevos suelos, a nuevas vidas dentro de mi vida misma. De vez en cuando me he encontrado con una piedra, con un obstáculo, o con una ayuda que me permite seguir mi caminata eterna, y a la vez efímera. Pero nada fuera de lo conocido, nada que me impresione demasiado.
  Es esta caminata una situación tan natural, que ya casi no nos damos cuenta de que caminamos
o de que  algunos corren, otros de vez en cuando somos afortunados y  volamos. Se pierde la sensación de estar moviendo los pies, de estar haciendo equilibrio para no caer.
Sin embargo, ahora he tomado conciencia de a dónde va mi camino. Se trata de uno de esos exiguos momentos en los que se me concede saber a grandes rasgos hacia donde me dirijo. Puedo divisar el bosquejo de mi porvenir, lo siento, lo presiento y hasta cierto punto lo creo yo misma. Mi destino más próximo es el adiós. He de saltar de un suelo a otro, cuidando siempre el no caer en lo que podría ser un abismo entre ellos. Y aunque sé que muchos otros ya han hecho ésto, y que probablemente mi visión de las cosas sea exagerada y descomunal, para mí, inexperta y temerosa, no parece ser tarea fácil. Pues no sólo es el depisdo de lo cotidiano lo que me impresiona y me alarma, sino el recibimiento que le daré a nuevos aires, a nuevas caras. ¡Y más aun, el recibimiento que ellas me darán!
Me siento presa del miedo, me paralizo, tiemblo y ya no quiero caminar. Es irónico como los caminantes tendemos a ensalzar estos momentos que sabemos que llegarán. Los llenamos de elogios, los deseamos y por el contrario desdeñamos nuestra camino del día a día. O por lo menos he escuchado a muchos con esta opinión. Sin embargo, pasa a veces, que llegado el momento no encontramos instrucciones para proceder. Nos atacan los sentimientos,  los miedos, las tentaciones y para eso tampoco hay receta mágica.
La buena noticia es que sigo siendo una caminante. Y si quiero, me tomo el tiempo de caminar lejos, muy lejos, más lejos, hasta que veo la situación en la que me encuentro desde fuera de ella misma. Bien, pues ahora veo que no es el fin del mundo. Me veo a mí misma. Lo que los mayas llamaban la casa de los espejos y el observador es ahora el objeto observado por sí mismo. ¡Qué maravilla! Me veo tan asustada e inocente. No me doy cuenta de que es un temor instintivo el que me aqueja, dejo de lado mi coherencia y me dejo domar por este miedo como lo haría un cachorro inexperto en una situación desconocida. Pero ahora que lo sé, porque me veo desde fuera, puedo tomar la medida de la situación y aquietar mi revolución interna al darme cuenta de que mi situación no mide ni un metro de gravedad. Me he diagnosticado algo tan cotidiano, tan inocente, tan coherente como lo es un cambio.
-Brenda... ¿nos podrías decir exactamente de qué se trata este mal que padeces?
-Sí, sí claro. Pasa que me he diagnosticado esta infección de temporada que afecta a muchísima gente y que es totalmente curable. Se llama ir a la universidad. 
-Y... ¿qué se recomienda para estos casos?
-Una cucharada de coraje cada tres horas, dos pastillas de ánimos (en ayunas de preferencia) y agua. Muuuuucha agua para que todo fluya.

Y así lo hago, sigo mis instrucciones y aplico la receta. Escribir sobre todo esto que me pasa, es justamente parte del tratamiento. Así que si escribo con demasiada frecuencia o no le doy mayor importancia al asunto, usted lector, sabrá si voy mejorando.

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